23 ago. 2017

Mar Negro, Xavier Guillén

Desde comienzos del presente siglo, el Premio de Poesía Andalucía Joven  ha venido siendo un referente y ha marcado a autores a los que seguir su trayectoria (Elena Medel, Antonio Portela, Raúl Quinto, José Daniel García, y un largo etcétera son ejemplo de ello). Pero desde 2015 no tenemos señales de convocatoria de este ya tradicional certamen, cuyo último ganador fue Xavier Guillén con la obra Mar Negro.

El poemario, publicado por Renacimiento, en líneas generales, conjuga un léxico en ocasiones sorprendente, apoyado en una adjetivación colorista. Los poemas se sustentan sobre una gran base rítmica, con versos breves y estrofas igualmente breves, que constituyen auténticas bofetadas verbales. Es habitual el uso del hipérbaton como recurso, como extrañamiento necesario. Y los poemas se construyen a golpe de ideas y conceptos, sustentados en imágenes, metáforas, lo onírico y alegorías. En muchos casos no termina de decir, y el lector es partícipe de la construcción completa. A este punto de construcción de los textos, señalar la importancia de los finales de los poemas, definitorios y contundentes la mayoría de las veces.

El libro se divide en tres partes: Puerto, Isla, y Puerto (sí, repite nombre de sección).

Puerto, la sección que abre este Mar Negro, destaca por la potencia de la imagen. En algunos versos roza lo onírico-surrealista, que se combina con la reflexión directa. Todo con una decidida concisión (versos breves y estrofas breves). "Convierte / la soledad en tinta" (p. 20).

Isla supone una descripción de espacios de escala: la plaza, el entorno, y sus opciones. Así como encuentros con la mujer. "Hablamos un idioma/ de tesoros" (p. 39).
"Entonces me tumbé/ en un coral solitario/ y pensé en ti./ Fue un sueño húmedo./ Un sueño superficie." (p. 43).
En este periplo por las islas, sí que podemos encontrarnos con algunos poemas algo más extensos.

Puerto, el apartado de cierre, retoma el pulso a los poemas reflexivos, con una línea alegórica, y donde se detiene más en los decorados de los enclaves costeros.

VI
Las constelaciones
abren juego.

Bajo la partida,
unos cabos, me cuentan
lo convencionales
que somos
gracias a las historias,
lo discursivo,
la contingencia.

El relato persiste.

Capiteles que rompen
en el casco del buque,
ese espíritu rumiante
de lo nuevo
y algún delfín,
que siempre hace ilusión.

Ovejas blanditas
tan al fondo del lobo.

Contar. No importa el modo.
Si lo narrase,
también mentiría.


XXII
El estuario
donde nacen los ríos.

Un junco agrieta
la marisma.

Se diluye el agua dulce
en la salada.
Mediación, calamidad.

Ante el dilema,
las indolentes rocas
del dique
para otear la marea:
endémica, sin culpa.

El símbolo es el mar
dentro de un pozo.

Algunos argumentos
no admiten réplica
pero tampoco causan
convicción.


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